martes, 18 de septiembre de 2018

Libro: LA DIGESTION ES LA CUESTION (Giulia Enders)

http://www.altaeducacion.org/group/librospdf/forum/topics/pdf-la-digestion-es-la-cuestion

Antibióticos


Uno de cada cuatro alemanes toma, por término medio, un antibiótico al año. El motivo principal son los «resfriados». A cualquier microbiólogo esta afirmación le produce un pinchazo en el corazón. Los resfriados son provocados a menudo no por bacterias, sino por virus. Los antibióticos funcionan de tres modos distintos: acribillar bacterias, envenenarlas o convertirlas en estériles. Los virus simplemente no entran en el espectro de competencias de estos medicamentos.

El efecto secundario más habitual es la diarrea. Las personas que no padecen diarrea notan, quizás, durante el paso matinal por el lavabo, que expulsan porciones de un tamaño claramente mayor. Por decirlo de un modo un tanto brusco y franco: se trata de una gran porción de bacterias intestinales.

Los antibióticos pueden alterar claramente nuestra flora intestinal y reducir la diversidad de microbios en nuestro intestino, de modo que sus facultades pueden quedar igualmente alteradas, como la cantidad de colesterol que podemos ingerir, si se producen vitaminas o qué alimentos son aprovechados.

Los antibióticos son especialmente delicados en los niños pequeños y los pacientes ancianos. Su flora intestinal es siempre más inestable y se recupera mucho peor después del tratamiento. Estudios realizados en Suecia demostraron en niños que, incluso dos meses tras la ingesta de antibióticos, aún se podían detectar claras alteraciones de la flora intestinal: había potencialmente un mayor número de bacterias dañinas y uno menor de beneficiosas, como las bifidobacterias y los lactobacilos. Los antibióticos utilizados fueron ampicilina y gentamicina.

La cosa es que los antibióticos muy raramente matan todas las células. Destruyen determinadas comunidades, siempre según el tipo de veneno que utilicen. Siempre hay bacterias que sobreviven o que se convierten en combatientes experimentados. Cuando nos ponemos muy enfermos son precisamente estos combatientes los que nos pueden causar problemas: cuantas más resistencias hayan desarrollado, tanto más difícil resulta atacarlas con antibióticos. Cada año mueren en Europa varios miles de personas a causa de tales bacterias con tantas resistencias que ningún medicamento resulta eficaz. Cuando el sistema inmunitario queda debilitado después de alguna operación o cuando los gérmenes resistentes son mayoría absoluta tras largos tratamientos con antibióticos, nos encontramos ante una situación peligrosa.

No tomar antibióticos innecesarios. Y si se han de tomar, hacerlo durante el tiempo recomendado. Un tiempo lo bastante largo para que las luchadoras con menores aptitudes de resistencia terminen en algún momento por rendirse y puedan ser aplastadas, de modo que al final solo queden las bacterias que hubieran quedado de todos modos. Al menos habremos acabado con el resto.

Abrir los ojos en vacaciones. Uno de cada cuatro viajeros importa gérmenes altamente resistentes. La mayoría vuelven a desaparecer después al cabo de un par de meses, pero unos cuantos acechan en nosotros durante más tiempo. Se recomienda un especial cuidado en países con problemas bacteriológicos, como la India. En Asia y en Oriente Medio hay que procurar lavarse las manos a menudo, limpiar a conciencia las frutas y las verduras, si es necesario con agua hervida; el sur de Europa no queda exento. «Cook it, peal it or leave it» (cuécelo, pélalo o déjalo): la máxima del viajero no vale no solo como protección contra la diarrea, sino también contra los souvernirs de resistencias no deseados para uno mismo y para la familia.

¿Existen alternativas a los antibióticos? 
Las plantas (los hongos, como el hongo de la penicilina, no son plantas sino que se cuentan simplemente entre los seres vivos) producen antibióticos que funcionan desde hace siglos sin provocar resistencias.

Durante los últimos años han aumentado claramente las disfunciones cardíacas o auditivas producidas por una infección. Esto sucede a menudo cuando los padres quieren proteger a sus hijos únicamente contra demasiados antibióticos. Pero esta decisión puede tener consecuencias fatales. Un médico con una correcta formación no nos endosará todos los antibióticos, sino que nos dirá claramente cuándo son necesarios.

Probióticos


Los humanos hemos comido probióticos desde siempre. Sin ellos no estaríamos aquí. Así pudieron comprobarlo algunos sudamericanos que llevaron mujeres embarazadas al Polo Sur para que dieran a luz ahí. Con ello pretendían ejercer los derechos legales sobre las reservas de petróleo del lugar correspondientes a los «nativos». El resultado fue que los bebés morían, como muy tarde, en el viaje de vuelta. El Polo Sur es tan frío y libre de gérmenes que se vieron privados de las bacterias necesarias para vivir. Las condiciones de temperatura normales y los gérmenes en el mismo viaje de vuelta acabaron con los pequeños.

En todas las culturas del mundo hay platos que se preparan gracias a útiles microbios. En Alemania, por ejemplo, están las coles fermentadas, los pepinillos agridulces y la levadura de pan. La nata fresca de los franceses, el queso agujereado de los suizos, el salami y las aceitunas de los italianos o el ayrán de los turcos: nada de eso existiría sin los microbios.

De Asia proceden innumerables platos de este tipo: la salsa de soja, la bebida kombucha, la sopa de miso, el kimchi de Corea, el lassi de la India, así como el fufu africano… la lista se podría alargar indefinidamente. Estos alimentos se preparan con bacterias, por lo que se les denomina fermentados. Con ellos se generan a menudo ácidos, que proporcionan ese sabor agrio al yogur o a las verduras. Gracias a los ácidos y a las numerosas bacterias buenas, la comida queda protegida contra las bacterias peligrosas. La fermentación es la técnica más antigua y saludable de conservar los alimentos

Ya a comienzos del siglo XX el mundo científico intuyó la importancia de las bacterias buenas para nosotros. Entonces Ilja Metchnikoff hizo su aparición en el escenario de los yogures. Fue Premio Nobel y se dedicó a observar a los campesinos de las montañas de Bulgaria, quienes alcanzaban a menudo los 100 años de edad, y con un llamativo buen humor. Metchnikoff sospechaba que su secreto yacía en las bolsas de piel con las que transportaban la leche de sus vacas. Esos campesinos recorrían largos trayectos, de modo que la leche se había convertido en leche cuajada o yogur cuando llegaban a casa. Estaba convencido de que la ingesta regular de esos productos de origen bacteriano eran la responsable de su formidable salud. En su libro The Prolongation of Life (en español: La prolongación de la vida) defendió la tesis de que con la ayuda de las bacterias beneficiosas podemos vivir más y mejor.

Conclusión: cualquier yogur puede ser bueno, aunque no todo el mundo tolera bien la proteína láctea o un exceso de grasa animal. La buena noticia es que existe un mundo de probióticos más allá de los yogures.


Prebióticos


Las bacterias dañinas no pueden, o apenas pueden, aprovechar los prebióticos y por lo tanto no pueden fabricar nada dañino con ellos. Las bacterias buenas, por el contrario, se vuelven más y más fuertes y conquistan cada vez más territorio.

Bacterias y carne no son a menudo una buena combinación; lo sabemos bien por los escándalos de la carne caducada. Un exceso de estas toxinas de la carne puede dañar el intestino grueso y, en el peor de los casos, desencadenar un cáncer. El cáncer intestinal se manifiesta precisamente aquí la mayoría de las veces: al final del intestino. Por eso los prebióticos se estudian principalmente para prevenir el cáncer intestinal. Y los primeros estudios son muy prometedores.

Los prebióticos son los instrumentos más potentes para estimular las bacterias beneficiosas, concretamente las que ya están en nuestro intestino y se van a quedar ahí

Tomemos nota: las bacterias buenas nos hacen bien. Deberíamos alimentarlas de manera que pudiesen poblar gran parte del intestino grueso. Para ello no nos servirá la pasta o el pan blanco, que son prensados en cadena a partir de harina blanca. Debemos comer verdaderas fibras provenientes de verduras o de la pulpa de la fruta.

Al microscopio las bacterias solo se ven como puntos claros sobre fondo oscuro. Pero
juntas representan algo más: cada uno de nosotros tiene una colonia dentro de sí. La
mayoría de ellas se asientan mansas sobre la membrana mucosa y entrenan al sistema
inmunitario o producen vitaminas para nosotros. Otras se acercan a las células
intestinales y las perforan o producen toxinas. Cuando lo bueno y lo malo están
equilibrados, lo malo nos fortalece y lo bueno nos cuida y mantiene sanos.

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